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Las diez claves de la educación en Finlandia.

Esta tarde, revisando Facebook, una amiga compartió el siguiente artículo: Las diez claves de la educación en Finlandia. En él se repasan, lógicamente, las principales diferencias entre la educación en el país nórdico y el nuestro.

No es la primera vez que escucho en tertulias en medios, en conversaciones entre amigos o en charlas distendidas con algún padre la odiosa comparación con los lapones. De vez en cuando se cuela alguna referencia a los suecos, donde también gozan de un sistema educativo efectivo. Gracias al artículo pude ver plasmadas las grandes cualidades de la educación finlandesa pues, hasta el momento, solo me habían llegado rumores. Para facilitar la lectura, las analizaremos una a una:

1. Los docentes son profesionales valorados. La educación es una profesión con prestigio y los profesores tienen gran autoridad en la escuela y en la sociedad. El equivalente a Magisterio en Finlandia es una titulación complicada, exigente y larga, que además incluye entrevistas personales, por lo que los maestros son profesionales muy bien preparados y vocacionales.

Estoy de acuerdo. Puedo hablar desde mi experiencia y la de muchos compañeros: el status de la carrera de Magisterio en este país es lamentable. Sin extendernos a la calidad general de las universidades españolas, estaremos de acuerdo en que determinados puntos (bajas notas de corte, falta de vocación, asignaturas obsoletas) favorecen a ese empeoramiento gradual del nivel en las facultades de Ciencias de la Educación. Constantemente se menosprecia la dificultad de sacarse la Diplomatura -ahora Grado- de Magisterio. Cierto es que los maestros/as no necesitamos conocer en profundidad todas las materias; sino, más bien, dominar correctamente todo aquello que rodee la vida de los niños/as, su entorno más cercano y, a partir de ahí, desarrollar el proceso de enseñanza-aprendizaje en espiral, de manera recurrente y con mayor nivel de complejidad año a año hasta su paso a la Educación Secundaria Obligatoria.
Aquí se tiene la errónea concepción de que al trabajar con contenidos sencillos, adaptados a las personas con las que se va a emplear -no lo olvidemos-, el valor de esta carrera es ninguno, cayendo en absurdas comparaciones con ingenierías o licenciaturas donde se forma a futuros profesionales de campos más complejos y destinados a otro tipo de labores.

El uso de plastilina, realizar operaciones sencillas, tocar la flauta o jugar al pañuelito se ven como pérdidas de tiempo dentro de la sociedad. A ojos de la gente, que un grupo de adultos juegue con plastilina puede resultar ridículo, a ojos de un maestro/a esa plastilina se convierte en el mejor instrumento posible para el desarrollo de la motricidad fina en niños y niñas, sirviendo para poner en sintonía la destreza manual con la capacidad visual, el correcto desarrollo de la coordinación óculo-manual. Para ello, resulta necesario remangarse, abrir el bote de plastilina y embadurnarse los dedos, comprendiendo en primera persona lo importante que resulta para un niño/a trabajar jugando, aprendiendo de manera amena. Eso mismo es aplicable a todas aquellas actividades “ridículas” que se realizan en la facultad y que, lamentablemente, son el hazmerreír de muchos pobres ignorantes. Además, estos olvidan o desconocen otras materias que se imparten durante la carrera, fundamentales para la enseñanza, como son: Didáctica General, Bases Psicopedagógicas, Psicología, Sociología, Antropología o Teorías de la Educación. Todas ellas, sumadas a las propias de cada especialidad, establecen una base sólida para la formación de futuros docentes.

Resulta desagradable que gran parte de la sociedad desprestigie a este sector de profesionales, olvidándose por completo la gran labor social que realiza a través de la atención a la diversidad, regida por los principios de equidad, inclusión y normalización. A su vez, la educación en valores, se establece desde los primeros años para que comprendan y asimilen la igualdad entre hombres y mujeres, la prevención del racismo y la xenofobia, la prevención y resolución pacífica de conflictos o el desarrollo sostenible y el cuidado del medio ambiente.

Considero que debería desterrarse por fin la idea de un maestro/a como un mero elemento inocuo dentro del aula, de transmisor de determinada información o conocimiento, de evaluador/sancionador. En su lugar fortalecer el concepto de formador de personas, no de individuos. Nos merece la pena caer una vez más en el tópico de que los niños/as son el futuro y reconocer lo importante que es valorar y respetar al profesional que se encarga de que nuestros/as hijos/as sean educados en un ambiente de convivencia, tolerancia, igualdad y respeto.

A pesar de ese fallo en la concepción general de esta carrera y profesión, hay que reconocer que no es del todo correcto el bajo nivel de exigencia para acceder y graduarse/diplomarse. Si bien es cierto que unas notas altas en Magisterio no significan la salida de un buen maestro/a, sí que considero poco lógico que un profesional encargado de educar sea incapaz de lograr unos buenos resultados. De la misma forma, poco lógico es el uso de diversas metodologías y materiales obsoletos empleados en la facultad y que suponen un anacronismo ante la rápida evolución de la educación y la sociedad. Quizá la clave para valorar en conjunto la inteligencia, las habilidades educativas, la capacidad de transmisión de conocimientos y el buen trato con los niños/as sean esas entrevistas personales, así como unas prácticas escolares más extensas, donde quedaría reflejada la aptitud de los candidatos/as en la importante labor de ser maestro/a.

A veces se olvida que madres, padres y docentes estamos en el mismo equipo. Se puede estar más o menos de acuerdo con la metodología empleada por cada una de las partes, pero conviene no olvidar que nuestro objetivo es común: educar a su hijo/a. Si no existe un consenso, una comunicación fluida y un respeto mutuo el único perjudicado será el niño/a.

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