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¿Gratis? Dame catorce.

Hay determinados tópicos que, por más que molesten, tienen una buena base argumental. En este país somos muy amigos de lo gratis: descargas “piratas”, bolígrafos encadenados en establecimientos, alarmas en cuchillas de afeitar, … Quien más, quien menos se ha llevado a casa algún elemento de la oficina, tiene en el baño un par de toallas de hotel o en la mesa del salón una revista manoseada de la peluquería. No lo llamaremos robar, porque suena muy feo; tampoco diremos que lo cogimos prestado, porque sería mentir con alevosía. Digamos, llanamente, que nos gusta lo gratis. Con esas “inocentes” sustracciones parece que no le hacemos daño a nadie, al fin y al cabo, un puñado de caramelos para aquel bufete de abogados no supone una gran pérdida, una grapadora para una empresa es una minucia, un refresco para aquel bar son poco más de treinta céntimos. El problema, olvidamos, reside en que el grano no hace el granero, pero ayuda al compañero; si todos cogemos un poquito de aquí y de allá, al final el boquete va a ser considerable.

Todos tenemos o conocemos alguna anécdota de españoles en el extranjero: uno que se lleva una bicicleta pública para casa, otro que aprovecha que en las tiendas no hay alarmas para llevarse un par de pantalones por el morro u otro que desayunó a cuerpo de rey sin pagar un duro. No parece que nos demos cuenta que, para la cultura de determinados países, la picaresca es algo inconcebible. No pueden comprender que, porque algo no tenga alarma, esté invitándote a ser hurtado. De la misma manera que no comprenden eso, han trabajado duramente – es el caso de Finlandia – para fortalecer la educación y conseguir eliminar cualquier atisbo de corrupción o, en menor escala, de anhelo de bienes ajenos.

Ellos sí, nosotros no. ¿Por qué?

Punto dos del artículo: Las diez claves de la educación en Finlandia.

2. La educación es gratuita y, por lo tanto, accesible a todos. El sistema educativo público establece que la educación es obligatoria y gratuita entre los 7 y los 16 años y debe ser impartida por centros públicos. Tampoco se paga por los libros ni por el material escolar, y todos los niños reciben una comida caliente al día en el colegio, también gratuita. En el caso de que el niño viva a más de 5 kilómetros del centro escolar, el municipio debe organizar y pagar el transporte.

Para comprender por qué ellos pueden permitirse todo eso y nosotros tan solo un porcentaje, conviene aclarar qué pasa con Finlandia:
A nivel económico, a principios de los 90, se encontraba en una situación similar a la nuestra actualmente. Debido a la caída de la URSS, su principal socio económico, se encontró con altas tasas de paro y multitud de empresas en bancarrota. ¿Qué hicieron? Lo contrario que los señores que ahora mismo acomodan sus traseros en el Parlamento: una fuerte inversión en educación, en la formación de los trabajadores y en I+D. En diez años se convertía en el mejor sistema educativo y uno de los sistemas económicos más potentes del mundo. ¿Suerte? No lo creo. Más bien trabajando desde la base contra la corrupción usando como armas la educación y la transparencia, estableciendo un código moral que aquí nos puede parecer de otro planeta.

Aquí, sin embargo, nos regimos por el cortoplacismo electoral, por la opacidad de determinados personajes y por el cobro en negro, que pega con todo. ¿Qué hacemos para remediarlo? Perpetuar a los de siempre para mantener, al menos, lo que ya tenemos ganado.

¿Cómo queremos compararnos entonces con otros ciudadanos que, para empezar, no conciben la educación como un negocio?

Reestructurar toda la sociedad española y adaptarla a las necesidades de este sistema educativo supondría un gasto mayúsculo de dinero y un cambio a nivel social y cultural que haría temblar los cimientos del statu quo. Y eso, además de ser muy complicado, no interesa.

Se me ocurre una larga lista de mejoras para el sistema educativo español al cual le añadiríamos pinceladas del modelo finlandés o de otros igual de efectivos. No copiarlos, eso sería un error, pero sí tomar distintas ideas que puedan funcionar. La más destacable, sin duda, sería la de apartar a la política de la educación. Basta de tantas leyes de ida y vuelta. Una, flexible, consensuada entre todos y puesta en manos de los profesionales más capacitados.
A partir de ahí, reconstruir el modelo actual corrigiendo los errores que nos llevan a fracasar año a año y logrando formar ciudadanos/as competentes.