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Casi medio suspiro

Publicado: 10 enero, 2015 en Reflexión

El tiempo vuela. Esta vida dura un suspiro, aprovéchalo bien y deja un legado a los que vengan detrás.

Una obviedad tan repetida y que tenemos tan asumida que, por momentos, olvidamos la verdad que esconde.

Abres los ojos. Tienes catorce años y eres, además de un respondón maleducado, inconsciente de esa verdad. Apenas acabas de descubrir el amor, la sexualidad y el valor del dinero. Vives, sí, pero para el presente. Dejas correr los días sin hacer nada, sin amueblar tu cabeza, sin construir las bases de tu yo futuro. Ni siquiera el más inmediato. Tu única preocupación no va más allá del viernes que viene. Muchas dudas en el terreno académico, engañosos cantos de sirena desde el boyante mundo laboral. La opinión de los adultos atraviesa sin pena ni gloria el umbral de tu indiferencia y se queda allí, junto a los consejos, dormida, pero latente. Tienes capacidades, es cierto, pero no las desarrollas al 100% por pereza; tienes objetivos, pero huecos, vacíos de contenido; tienes un plan, aunque utópico y carente de consistencia. Llegado el día de ponerlo en práctica todo se deshace ante ti y se pierde por un desagüe. Cierras los ojos.

Cuando vuelves a abrirlos y tu mirada se acostumbra a la luz de un nuevo horizonte, descubres que estás en la primera etapa de tu edad adulta. Acabas de cumplir los 18 y estás, sin saber bien cómo, en la universidad. Un lugar extraño donde te has colado, de manera casi furtiva y donde perderse para siempre o encontrarse a uno mismo depende de la persona con la que te sientes el primer día.

A los cinco minutos de pisar la facultad comprendes inmediatamente la analogía de “la casa construida sobre arena”: cuando tuviste la oportunidad de cimentar bien tus conocimientos, darle oxígeno a tu mente y estructurar tus ideas, preferiste los botellones en el parque, las tardes perdidas frente a la tele y las noches enganchado al messenger. Aquella casa se la llevó la marea; la tuya, construida rápido y mal a pie de playa, se vendrá abajo de manera inmediata si no tomas las medidas adecuadas, es decir: espantá y a ponerse al día lo antes posible.

Un año sabático, un año echado a perder por carecer de mimbres sólidos. Al siguiente, aunque titubeante, logras avanzar -no sin dificultad-  dejando a un lado y a otro las consecuencias de tomar malas y buenas decisiones, reflejadas en tus compañeros, en tus amigos, en tus conocidos. Unos, que hicieron las cosas bien, siguen adelante. Otros, que tomaron el camino fácil, se apean. Y tú te quedas en medio, en tierra de nadie.

Y pasa el tiempo, cómo no, volando hasta encontrarte a la puerta de los treinta, sentado frente a insultos a la dignidad humana disfrazados de ofertas laborales serias. Ninguna de ellas, por cierto, de lo tuyo. Intentas en vano recebar las paredes de tu casita reconstruida con lo que puedes, tapando las grietas con un curso de esto y un título de aquello, lobo vahoapuntalando vigas y columnas con experiencias aquí y voluntariado allá. Has recorrido casi la mitad de tu vida, has exhalado casi medio suspiro y no tienes nada.

Cansado de culpar al mundo, quién sabe si por la influencia de las primeras canas, te agarras los machos y asumes tu responsabilidad. Te metes de cabeza así en la siguiente etapa y coges las riendas de tu vida por primera vez. Eres un adulto. Aunque para tus padres sigas siendo “el crío”; los niños, los adolescentes y los mayores te ven como uno de ellos.

El tiempo se te escapa entre los dedos y tienes que trabajar contrarreloj para, al menos, mantener tu casita en pie antes de mudarte al otro barrio. El mundo te mira a los ojos y te pregunta:

“¿Qué puedes ofrecerme?”

Esfuerzo, sacrificio y ganas en todo el tiempo que me quede aquí. Casi medio suspiro da para mucho.

 Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario.

Arthur Schopenhauer (1788 – 1860), filósofo alemán.

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